ÀQuiŽn fue?

 

Cuando haces cola en un telesilla es dif’cil concluir si es el azar o el destino el

 

que elige a tu compa–ero de viaje. Y visto desde la distancia es un hecho

 

maravilloso como, sin esperarlo, la Vida entra en nuestra propia vida, como un

 

hurac‡n, pero sin apenas hacer ruido.

 

Fue en un peque–o rinc—n del pirineo oscense donde aconteci— mi, tan

 

insignificante a los ojos de los dem‡s, historia. Unos d’as atr‡s una magnifica

 

cantidad de nieve hab’a arropado hasta en sus faldas a mis queridos pirineos.

 

Al llegar, un sol claro de invierno se reflejaba en el blanco inmaculado de la

 

nieve inundando todo de una luz alucinante que embotaba los sentidos como si

 

la sangre estuviese inundada de peque–as burbujas de aquel aire puro y

 

conforme fuese recorriendo todos los miembros del cuerpo (el cerebro donde

 

imaginamos, el coraz—n donde sentimos, las manos, la piel con la que tocamos

 

lo ansiado) fuesen variando su estado de animo hacia un furor contenido que

 

hab’a de explotar en cualquier momento.

 

Yo apenas sab’a esquiar. Hacia un a–o de la primera vez que me hab’a

 

calzado un par de esqu’s y esa misma ma–ana se cancel— el viaje por culpa de

 

un temporal que dejo aislados durante d’as varios pueblos del Pirineo. Volv’ a

 

mi casa, maldiciendo mi suerte, mientras ve’a a orillas del Mediterr‡neo los

 

peque–os picos que rodean mi hogar cubiertos de blanco, un vestido que solo

 

en ocasiones muy especiales sacan de su guardarropa y que me recordaba lo

 

lejos que estaba de m’ paraiso.

 

Pase un a–o esperando, con nerviosismo creciente, imaginando como seria

 

cuando el invierno retornase para  envolver la realidad de una capa blanca que

 

aislase las monta–as de ese mundo ruidoso de Òall‡ abajoÓ.

 

Y volv’, volv’ tras tanto tiempo de espera y una sensaci—n irreal de un gran

 

deseo satisfecho se apodero de m’.

 

Las monta–as, la nieve y mis amigos de nuevo all’. El a–o de espera y la

 

frustraci—n no hicieron m‡s que aumentar la sensaci—n de placer al volver. Un

 

peque–o sufrimiento que le da m‡s sabor a la felicidad. As’ que un a–o

 

despuŽs me levante temprano, cuando el sol aun

 

apenas alcanzaba a tornar de un tenue azul el blanco de la nieve y encend’a

 

de naranja las cimas de los orgullosos picos que se ergu’an a nuestro

 

alrededor.  La sonrisa se me escapaba de los labios, daba igual como intentase

 

retenerla.

 

Abr’ la ventana y ol’ la nada y escuche el silencio. Calzarse las botas y ponerse

 

la ropa es el momento m‡s ansioso. DespuŽs torpemente baje las escaleras y

 

recog’ los esqu’s ÁYa estaba tan cerca! Camine hacia la nieve, deje caer los

 

esqu’s al suelo y me puse sobre ellos. Cuando coloque la punta de la bota y

 

baje el tal—n firmemente pensŽ que mis pies eran ahora las mejores alas que

 

puedan encontrar un hombre. Ese ÒclacÓ de la fijaci—n cerr‡ndose sobre la bota

 

es la confirmaci—n de una libertad.

 

Las primeras bajadas fueron como andar a ciegas por nuestra casa, era algo

 

familiar y recordaba las sensaciones. Pero tente con miedo  la superficie de las

 

pistas. Que gustazo, la nieve cruje debajo de las suelas, la velocidad y el aire

 

fr’o que te golpea en la cara, da igual rodar por el suelo de vez en cuando.

 

Parar para respirar y ÁRespirar! ÀCu‡ntas veces hacemos eso en nuestra vida

 

diaria? Tan pocasÉ

 

Una bajada tras otra y volv’ a acabar en la cola. Hab’a gente cerca pero yo no

 

la ve’a, iba con mis amigos, pensando  en la ultima bajada ÒHay que repetirÓ.

 

Ellos cogieron la silla pero yo no cab’a y espere a la siguiente.

 

Y entoncesÉ ÒQue guapa es esta chicaÓ me dije mientras miraba a la persona

 

que me acompa–aba. Los telesillas lentos son una maravilla, dejan tiempo para

 

hablar con la persona que se sienta a tu lado.

 

- ÀDe donde eres? –Muy original, le pregunte yo-.

 

- De Altea, ÀSabes donde esta? –Me contesto ella-.

 

- Jaja- me re’ tontamente-. Claro, yo tambiŽn soy de all’.

 

Nos miramos y ella sonr’o, me sent’ como si tropezase y me puse algo

 

nervioso. ÒÀDe verdad vienes de tan lejos conmigo?Ó Estaba algo nervioso

 

ÒÀC—mo es que no te he visto antes?Ó Arriba nos separamos y desde entonces

 

pareci— ser una sombra que me persegu’a por toda la estaci—n, pensaba verla

 

en todas partes y esperaba que apareciese en cualquier momento.

 

Nos cruzamos en la comida y una chispa en sus ojos reflej— mi mirada. Cre’

 

que iba a gritar, no lo hice, pero mis ojos lo proclamaron a los cuatro vientos.

 

Es tan asombroso ver como sin motivo aparente, dos personas desean estar

 

juntas.

 

Desde aquel momento flote m‡s que esqu’e sobre la nieve. Nuestros grupos

 

empezaron a esquiar mezclados y las casualidades dieron paso al deseo de

 

esquiar con ella. La cola del telesilla nos brindaba la oportunidad de buscarnos

 

sin mirarnos para subir juntos una y otra vez. Yo miraba mis esqu’es y dec’a

 

mil y una idioteces para que ella me regalase de nuevo su sonrisa.

 

A veces levantaba la cabeza y la miraba a los ojos, un pinchazo lastimaba

 

entonces m’ coraz—n, pero no de dolor si no de felicidad al ver el mismo

 

sentimiento en sus ojos. Entonces nos call‡bamos sin saber que decir, ni si

 

hab’a algo que decir.

 

Los d’as de la semana  se escurr’an valle abajo y con ellos nosotros en nuestro

 

bendito juego que nos iba acercando poco a poco en lo f’sico y cada vez m‡s

 

deprisa en nuestro interior.

 

La œltima noche todo el grupo estaba  en la misma habitaci—n jugando a las

 

cartas. Yo la tenia de pareja y siempre perd’amos. El amor es un grito y

 

nuestros amigos no eran sordos as’ que uno a uno, como en un bar

 

de Sabina, se fueron marchando y al cerrar la puerta el œltimo,

 

 sent’ una tranquilidad inmensa. Creo que los dos sab’amos lo que iba

 

a pasar y  mientras hablamos una leve caricia en la palma de la mano acabo

 

con el nerviosismo, la duda y la incertidumbre.

 

DespuŽs, aun es hoy.

 

A veces, haciendo la vista atr‡s, me asusto al pensar en lo perfecto que fue

 

todo.

 

Mi chica, la nieve y nuestra historia. Aun me parece incre’ble que aquello y

 

todos los d’as maravillosos que vinieron despuŽs me ocurriesen a mi.  Pero

 

creo que es posible, que no todas las nubes han de ser grises. Desde entonces

 

pienso en volver a subir a un telesilla con ella y se me pasan los a–os

 

esperando volver a escuchar ese ÒclacÓ de la bota en la fijaci—n.

 

Si fue el azar o el destino el que hizo que nos encontr‡semos

 

tan lejos, a pesar de vivir tan cerca lo dejo a elecci—n del que se haya

 

molestado en leer mi relato hasta el final, para mi es indiferente. Solo se que

 

deseo que todo el mundo pueda ser tan feliz como lo fui yo en aquel tiempo y

 

que todos los d’as de mi vida discurran junto a quien se sent— a mi lado sin

 

saber a donde la llevaban.