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Aterrizar en Teher‡n a las
cinco de la ma–ana entre abundantes montones de nieve de m‡s de medio metro de
altura flanqueando las pistas de aterrizaje, le pone una sonrisa en la boca a
quien (esperemos) viaja con los esqu’s en la bodega. Una sonrisa que comenz—
con la venturosa partida desde el aeropuerto de Loiu, y se ha ido c’clicamente
alternando con una mueca mezcla de p‡nico y ansiedad en este "D’a
cero" de mi viaje a Ir‡n, que ya es suficientemente fruct’fero en
anŽcdotas, como para contar a los nietos, y mientras Žstos llegan, aburrir a todo
aquel que ose leer este relato.
Ese alternativo paso de la sonrisa de
alivio y felicidad a la mueca de p‡nico y desesperaci—n, con la que mi equipaje
y Alitalia han conseguido salpimentar el trayecto v’a Mil‡n hasta Teher‡n,
continœa mientras me desabrocho el cintur—n de seguridad cosquille‡ndome en el
est—mago (y no, no ha sido la cena del catering). Primero llega la sonrisa, a
pesar de negarme a la mayor en varias ocasiones a travŽs de las amables
se–oritas de su atenci—n telef—nica, mi compa–’a Sê tiene cobertura!! El
cl‡sico BipBip del m—vil, que a punto estuve de no llevar, me avisa cuando lo
enciendo para mirar la hora. Genial!!!! As’ puedo llamar a Miguel para
confirmarle que he llegado y asegurarme un trayecto del aeropuerto hasta
Miguel«s Flat con las m‡ximas garant’as posibles. UUUUUUUps!!! La mueca de
nuevo borra la sonrisa de mi cara: se–al de "comunicando" cada vez
que lo intento. Un amable argentino dos filas m‡s atr‡s me confirma que mi combinaci—n
de ceros y prefijos es la buena, pero el telŽfono se empe–a en comunicar. M‡s
tarde, me enterŽ de que la l’nea telef—nica conectada a un modem (s’ hombre,
esas cosas para navegar por internet que hac’an chirriditos antes de llegaran
los adeseles) es, incluso a esas intempestivas horas de la noche, el
reconfortante cord—n umbilical que conectaba a los tres becarios del piso donde
me iba a alojar con "su vida" fuera de Ir‡n (en algœn caso a muchos
husos horarios de all’). Mientras esperamos la apertura de puertas, las escasas
mujeres de mi vuelo retocan sus pa–uelos y se miran en los espejos de mano,
para comprobar que ningœn mech—n rebelde les va a complicar el tr‡nsito en el
control de pasaportes. Es dif’cil adivinar si las sombras en la expresi—n de
sus caras son œnicamente fruto de la larga e inc—moda noche a bordo, o tienen
tambiŽn algo que ver con los grilletes que se han tenido que colocar en la
cabeza. La apertura de las puertas me lleva a suaves empujones hacia otras
tribulaciones m‡s inmediatas, pero no menos graves: -Àhabr‡ llegado mi
equipaje? ÀHabr‡n llegado los esqu’s enteros? ÀSer‡ complicado el tr‡mite de
pasaportes y aduanas? ÀMe dejar‡n pasar? ÀMe harŽ comprender con el taxista
para llegar hasta el apartamento? -Afortunada (y sorpresivamente, por quŽ no
reconocerlo) casi me llev— m‡s tiempo darle vueltas en la cabeza a estas
cuestiones que resolverlas. Una cola especial para "NON IRANIANS" en
el que solo tengo tres personas por delante y unas breves tecleos en el
ordenador mientras comprueban mi pasaporte, me llevan no m‡s de diez minutos. A
una œnica pregunta, m‡s por cubrir el expediente que por verdadero interŽs,
sobre mi direcci—n de estancia en Teher‡n, le sigue el comentario de
"hummm, buen barrio!!!" del bigotudo bur—crata que en un correcto
ingles me desea una feliz estancia, y un sello sobre el visado que tampoco nos
fue nada dif’cil de conseguir, acreditan mi entrada en el centro centr’simo del
"Eje del mal". En cuanto al equipaje, cuando llego a la zona de
recogida mi mochila y la funda de mis esqu’s ya me est‡n esperando sobre la
cinta...PREMIO!!! la sonrisa que-viene-y-va vuelve a reclamar su puesto tras
los nervios y la incertidumbre de la admisi—n en el pa’s. Pero de nuevo por
poco tiempo, cuando empujo mi cargado carrito hacia el esc‡ner y el control de
equipajes me doy cuenta del panorama: mi funda de esqu’s parece cualquier cosa
menos una funda de esqu’s. Vale, pone "Tyrolia" por fuera, pero
adem‡s de tener que saber que es una marca de esqu’, solo lo puedes leer si
apartas un poco el pl‡stico verde de la bolsa de seguridad que tuve que
recortar y pegar con precinto industrial, cuando antes de facturar mi equipaje
en Bilbao la cremallera revent— a lo largo de toda la funda. En los cachos que
no tapa el pl‡stico verde, tuve que enrollar a pelo el precinto encorsetando en
irregulares tramos el "bulto". Sigo pensando que fue por vieja y por
usada que casc— la cremallera, y no por las varias latitas de piment—n dulce
que llevaba como antojo casero para Miguel-gui–ano, ni por las veintipico
chocolatinas de Kit Kat que andaban desperdigadas a lo largo de los cantos,
tampoco los varios calcetines y camisetas tuvieron demasiada culpa y mucho
menos el queso entero de Idiaz‡bal que colgaba fofo del extremo superior de la
funda. No, el problema es que la cremallera era vieja, y reconocer lo contrario
era darle la raz—n a toda persona que pudo ver "el bulto" antes de
embarcar y me previno de esta posibilidad, y ese no es mi estilo. Adem‡s no
problem! previsor de m’ una vez me habr’an hecho deshacer y desmontar todo el
invento, hab’a introducido tambiŽn en la txurro-funda un rollo entero de
precinto industrial, para entre otras cosas volver a fijar los pegotes de
"corchoblanco" que aqu’ y all‡ proteg’an las fijaciones, puntas y
colas de mis reciŽn estrenados K2 Apache Recon. Pegotes que entre el resto de
b‡rtulos y palos metidos en la funda consegu’an que "eso" pareciese
antes cualquier tipo de arma de destrucci—n masiva que un par de tablas.
Resignado y con "la mueca" en la cara, me planto ante los dos
polic’as del esc‡ner quienes pr‡cticamente sin mirarme a la cara me hacen un
vago gesto con la mano para que siga metiendo mi equipaje por la cinta. Paso al
otro lado y empiezo a recoger mis cosas segœn salen poniŽndolas de nuevo en el
carro, mientras los dos tipos han continuado charlando animadamente sin ni
siquiera haber echado un leve vistazo a la pantalla de rayos x. Incre’ble!!!
Bueno,É pues ya estoy en Teher‡n!!!!
Bueno en realidad todav’a en el Imam
Khomeini International Airport (IKIA), a unos cincuenta minutos en coche de mi
destino en el norte de Teher‡n, y que luce bastante moderno e insospechadamente
activo para esas horas de la noche (sobre las 5:30 AM). Una œltima tarea me
separa de mi anhelado colch—n hinchable en el sal—n de unos completos
desconocidos en alguna bocacalle del norte de Teher‡n: conseguir cambiar mis
euritos en moneda local, y soltarle de carrerilla a algœn taxista algo as’ como
" PANCHEDTOMAN TUUR 57 Ò, que define segœn el email de Miguel, el destino
y el precio en la m’nima expresi—n posible. Tras mirar mi par de billetes de
100 euros como las vacas al tren, el rancio ventanillero de lo que parece un
banco local, me despacha en perfecto iran’ y con viento fresco, se–al‡ndome la
puerta por la que acabo de salir. Tras dos o tres intentos de localizar a
alguien que chapurree el idioma de la pŽrfida Albi—n, logro entender que los
extranjeros œnicamente pueden cambiar dentro de la zona internacional, esto es,
antes de pasar el control de equipajes y el esc‡ner. Pues nada, mi carrito, mi
txurro-funda y yo nos volvemos a plantar delante de los tipos de los rayos X.
Decidido, se lo aparco delante y les pido que please me lo echen un ojo que voy
a volver a entrar un momento a cambiar dinero al banco. "oK, No Problem,
No problem" me responden sonrientes y continœan a su rollo, mientras yo salto
por encima de la cinta de seguridad para evitar dar un rodeo. Cuando vuelvo de cambiar 200 Û por
tropocientos mil Riales agrupados en tres fajos de m‡s de cuatro dedos de
grosor cada uno (y no exagero) me siento un poco como el T’o Gilito y voy
pensando para mis adentros: "Éme va a caer bien este pa’s!!
Ya en la puerta de salida del
aeropuerto, se me acerca un amable (pero no pesado) Taxista al que le suelto de
un tir—n lo que llevo escrito en la chuleta y sin tener que repetirlo dos veces
me agarra raudo los b‡rtulos y tira para un coche que aqu’ no lo aceptar’an en
un desguace. Es algo as’ como un antiguo Seat 131, solo que este se llama Saipa
y viendo el resto del parque m—vil alrededor veo que pr‡cticamente son todos
iguales y cuesta encontrar un modelo reconocible a los ojos europeos. El hombre
intenta atar mi funda de esqu’s con unas cuerdas en lo alto del coche, pero
tras una breve indicaci—n m’a por se–as de que adelantando un poco el asiento
delantero y cruz‡ndolos atr‡s caben bien, me sonr’e "OK!" y se deja
hacer.
Hace un fr’o del carajo pero el
conductor insiste en llevar su ventanilla medio bajada, quiz‡s quiere
mantenerme despierto, lo cual no es muy dif’cil porque yo voy con los ojos
abiertos como platos, tratando tanto de saciar mi curiosidad ante un paisaje en
el que todo me resulta digno de mirar, como de localizar si me llevan en la
direcci—n correcta y no voy a acabar en la cuneta de la carretera hacia
Afganist‡n sin equipaje y sin los KitKats de la funda. Aunque muchos de los
carteles de la autopista vienen tambiŽn escritos en inglŽs, es imposible saber
si voy al Norte de Teher‡n o a la frontera de Azerbaiy‡n, hasta que unos
impresionantes minaretes iluminados me indican que voy cuando menos en la
direcci—n correcta. Fue una de las indicaciones de Miguel cuando me indicaba la
ruta a su casa "pasareis al lado del mausoleo de Jomeini y ah’ os
desviareis a la derechaÓ. Pues efectivamente, aquello aœn sin haberlo visto
antes, no cab’a ninguna duda de que cual Faro de Alejandr’a indicaba el camino
correcto. Cuatro minaretes alt’simos, rodeando una esbelta y enorme cœpula,
profusamente iluminados contra la negra noche de las afueras de Teher‡n, no
pod’an ser otra cosa. Por si acaso le preguntŽ al taxista se–alando con el
dedo: "Jomeini?" a lo cual respondi— con una sonrisa y un grave gesto
de respeto? "Imam Jomeini, yes, Imam Jomeini". El paisaje que
dej‡bamos a los lados en la autopista era cuando menos pintoresco, viejas
rulotes ancladas en los m‡rgenes hac’an la labor de comisar’as de polic’a,
repitiŽndose cada unos cuantos kil—metros. Coches parados aleatoriamente en el
medio de la nada....y en el medio del carril de la izquierda, sin molestarse en
echarse al arcŽn. A pesar de haber poco tr‡fico puedes as’ entender
perfectamente el darwinista sistema que regula el tr‡fico en Teher‡n en
particular y todo Ir‡n en general: el que tiene el coche m‡s grande pasa
primero, el que llega antes tiene preferencia, el que toca el claxon, se jode,
es que ha perdido. Tras aproximadamente una horita de camino el taxista me
despierta de mi ensimismamiento (vamos, que me hab’a quedado medio sopa) y me
veo en un estrecho y oscuro callej—n que si no fuera por las enormes mansiones
y lujosos edificios que se adivinan a los lados ser’a como para decirle al
ch—fer que me llevara de vuelta al aeropuerto. Tras tocar tres timbres sin
saber cu‡l de los extra–os simbolitos era el que correspond’a a Miguel, y que
una voz en Pars’ me mandara (imagino) que poco m‡s o menos a la mierda y otra
resignada y somnolienta que preguntara al portero, a la tercera la vencida:
"Josean?!, s’ sube, sube". Tras pagar los tomanes convenidos, m‡s una
no pedida pero s’ agradecida propina, un lujoso portal de m‡rmol y alfombras
persas (of course) conducen a un ascensor con hilo musical y que te anuncia los
pisos segœn llegas. En la puerta un somnoliento Miguel, todav’a frot‡ndose los
ojos, me da cordialmente la bienvenida y me ayuda con el equipaje. El piso es
impresionante y eso que no he pasado de la entrada, unas breves palabras para
conocernos y romper el hielo, ense–arme el ba–o y la nevera...y por supuesto
nuestra habitaci—n: un ampl’simo sal—n donde dos colchones inflables tipo
teletienda se me antoja el mejor de los lechos. Tras pedirme que no haga mucho
ruido, me explica que sus compa–eros, David y Alberto, est‡n durmiendo y se
tienen que levantar dentro de hora y media, pero que no me preocupe que no me
van a molestar apenas. Cuando le digo que no se preocupe que yo tambiŽn me voy
a levantar a esa hora para ir a esquiar, es cuando creo que se queda pensando
"Pero a quŽ loco he metido yo en el piso??". La verdad es que se
puede pensar que hace mucha falta de voluntad, o mucha fan‡tica locura, para
pensar en ir a esquiar apenas un par de horas despuŽs de haber llegado a Ir‡n,
pero con la vista que me encuentro, momentos despuŽs, desde las ventanas de mi
Òhabitaci—nÓ al correr los espesos cortinones, no
puedo pensar en otra cosa que no sea en
ponerme el equipaje de esqu’ y salir volando: