BURBUJAS HELADAS NARVALERAS

 

ÒComenzamos nuestra ansiada aventura, mientras tanto nuestro secreto est‡ invernando esperando el feliz d’a de su descubrimientoÓ

El loco del pelo blanco

 

            Esta historia es autŽnticamente real y rocambolesca, cargada de amor, amistad y recuerdos imborrables. Desde un Club de submarinismo de Madrid que se llama Narval arranca esta historia que os voy a contar y su veracidad  la pueden atestiguar todos sus socios aficionados al esqu’.

 

Tendremos que remontarnos a tiempos en que tocar los Alpes era un sue–o que jam‡s pens‡bamos  que se podr’a realizar. Cuando empezamos a organizar las primeras salidas para esquiar en nuestras diferentes estaciones de monta–a,  empez— a formar parte de nuestro equipaje una simple bolsa de pl‡stico que entonces y  ahora, para los que viajan por primera vez  con nosotros, es un autŽntico misterio por su  contenido. En el fondo de esta sencilla bolsa, est‡ guardado el deseo de un final feliz y la esperanza de que  la experiencia se vuelva a repetir en a–os sucesivos. Con esta bolsa y este peque–o pero para nosotros, encantador secreto,  comienza  nuestro relato.

Cuando nuestra enigm‡tica bolsa empez— a formar parte de nuestro equipaje, recuerdo que algunos llegaron a pensar  que lo que ’bamos a hacer con su misterioso contenido, formaba parte de una especie de  exotŽrico conjuro  entre la monta–a y nosotros, s—lo algunos iniciados. Yo contribu’a fomentando el misterio, las dudas, la ilusi—n, todo ello a base de mil pel’culas que inventaba durante toda la semana que duraba nuestro viaje, para que se preguntaran, quŽ pasar‡ el œltimo d’a cuando por  fin se descubra el misterio.

Aunque hoy en d’a, los que conocemos el desenlace de este misterio o juego somos algunos m‡s, la  ilusi—n por participar en Žl sigue siendo la misma, y yo me siento feliz de que me sigan  considerando el gurœ de todos ellos, el guardi‡n del secreto.

Todo comienza cuando  el Òloco del pelo del blancoÓ prepara su bolsa de pl‡stico, la llena de ilusiones, la cierra muy bien,  y junto con todo su equipo de esqu’, hace el viaje en coche,  autobœs,  avi—n, etc., siempre en un lugar preferente y siempre muy  cerca de Žl. Es fundamental para acrecentar el misterio que la bolsa sea muy visible pero intocable. Para cuando por fin llegamos  a los tan deseados Alpes, nuestra misteriosa bolsa, forma parte ya del material de ataque a las pistas  en el interior del morral (kilo y pico de lastre gustoso) y haciendo que el misterio vaya creciendo.

         Cuando la estaci—n a la que vamos ya la conocemos, es imprescindible  buscar un lugar diferente al de anteriores a–os, ya que algunos de los no iniciados repiten experiencia y podr’an estropear la sorpresa. Si la estaci—n es desconocida por todos, solamente los ÒpoquitosÓ elegidos y nadie m‡s (simplemente porque cada vez tenemos mas adeptos en nuestras salida de esqu’ y hasta que no les conocemos, vaya, como que no nos fiamos. Leer si no las anŽcdotas) aprovechan  las primeras deslizadas para dedicarse  a localizar un punto estratŽgico que es fundamental y donde deber‡ haber mucha nieve,  estar  fuera de pista y ser una zona poco frecuentada. Este ser‡ el lugar elegido para ocultar nuestra misteriosa bolsa y lo m‡s importante, nadie deber‡ vernos  al esconderla. Por otro lado, el sitio  elegido debe estar lo m‡s distante posible de los apartamentos donde nos alojamos y lo suficientemente alto en la  estaci—n, para que, aunque alejado, se pueda volver sin necesidad de coger ningœn otro remonte. As’, una vez bien oculta en la fr’a nieve, lo œltimo que quedar‡ por hacer, como autŽnticos maestros del misterio que somos, ser‡ borrar todas las huellas, que de ningœn modo  se adivine nuestra presencia en aquel lugar. Una vez borrado nuestro paso por all’ y antes de marcharnos, tomamos  referencias del entorno  donde se va a alojar durante toda  la semana la m‡gica bolsa que contiene tanta ilusi—n, para que todos los d’as podamos pasar cerca de ella y notemos que la zona sigue intacta, como tan intactas siguen las ganas por desvelar el secreto.

Ahora toca dejar pasar la semana que transcurre  en un ir y venir de pistas, reuniones y cenas por la noche en los apartamentos, alguna que otra visita a los pubs y  supermercados de la zona y muchos fr’os pero agradables paseos. A lo largo de estos maravillosos d’as surgen las t’picas preguntas: ÀSeguir‡ en el mismo sitio?. ÀNo se la habr‡n llevado?. ÀSabŽis bien d—nde est‡?. Y as’, seguimos alimentando el misterio. Forma parte del juego, de la ilusi—n  compartida cada vez con m‡s gente, este a–o m‡s de  60 esquiadores, entre los que  vamos pasando la voz de que el œltimo d’a en el remonte elegido a la hora que cierren, debemos estar todos para subir y llegar al lugar m‡gico, donde todo permanecer‡ intacto, como los d’as anteriores y donde espera enterrado, el contenido de nuestra sorpresa, de nuestra ilusi—n.

Cuando por fin llega el œltimo d’a, esperamos a que lleguen todos los colegas y una vez juntos, afloran ya  las ganas de saber quŽ va a  pasar, los nervios. ÁVenga, sacarlo ya!. ÁCo–o que hace mucho fr’o!. ÁQue nos van a cerrar la estaci—n!. Y as’ hasta que,  ÁAh!, aqu’ empieza otra de las simp‡ticas anŽcdotas de esta rocambolesca historia. Hay que esperar a que lleguen los pisteros para  echarnos  y ahora es cuando de comienzo ese dif’cil pero divertido momento de   explicarles como podemos, en un idioma que no es el nuestro,  por quŽ estamos all’. Al principio no ponen buen cara (ellos han terminado su jornada de curro y lo que menos se imaginan es encontrase con un mogoll—n de gente en las pistas, interrumpiendo su trabajo) as’ que les decimos Òpor favor, mirad lo que tenemos escondido en la nieveÓ. Expectantes todos, procedemos a desenterrar la bolsa, la abrimos y descubrimos el secreto tantos d’as guardado, del misterioso hombre del pelo blanco. ÁEureka!, aparece una helada botella de cava adem‡s de unos gustosos y afrodis’acos chocolates con los que brindaremos por la semana de esqu’ tan maravillosa que hemos pasado. Los pisteros descorchan el cava y les dejamos que sean ellos los primeros en tomar el trago de honor,  lo que supone un rato de charlas y risas que todos compartimos y as’ finalizamos dej‡ndolo todo tal y como estaba y cerrando la estaci—n en la que hemos vivido una semana de p.m. DespuŽs, nosotros solos y sin nadie en los Alpes, con la complicidad de unos pisteros cuya tolerancia siempre es de agradecer, llegamos a los apartamentos, nos cambiamos y nos vamos   a seguir con nuestro final feliz.  

 

  A

nŽcdotas:

Al principio, aprovech‡bamos los primeros d’as para hacernos amigos del pistero que cierra la pista elegida, le cont‡bamos la historia y si le ve’amos colaborador y majete la enterr‡bamos en la nieve cerca de Žl y as’ nos   la vigilaba.

Cuando fuimos a descubrirla encontramos con que s—lo estaba el chocolate. Bueno, quŽ le vamos a hacer, s—lo esperamos que disfrutara del cava y brindara por nosotros.

En otras ocasiones, cuando por desgracia hemos tenido un accidentado durante la semana y no ha podido subir al lugar elegido, los dem‡s  subimos esperando a los pisteros y con ellos  ya abajo, brindamos con el colega o colegas convalecientes.

TambiŽn el contenido ha sufrido algœn accidente en otros viajes, ya que en una ocasi—n cuando fuimos a descubrirla la botella de cava estaba rota, pero el chocolate riqu’simo. Quien no se conforma...

Nev— tanto y tanto que fue dif’cil encontrarla peroÉ, no se quedo all’, etc., etc.

 

 

 

El loco del pelo blanco

Salud

amarkos